Que viene el lobo

 

El diario El País publicaba hace un año unas declaraciones del presidente Mariano Rajoy en las que advertía a los españoles del ascenso de los nuevos partidos con el admonitorio aviso de “Nosotros o el caos”. El mismo titular que empleó, salvando todas las distancias, el semanario de humor gráfico Hermano Lobo hace 40 años -agosto de 1975- para denunciar el miedo a un cambio político que, poco después, supondría la llegada de la democracia a nuestro país.

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¿Tan poco ha  variado el discurso de la clase dirigente en todo este tiempo? Ésta sería una primera reflexión necesaria para avanzar en las causas de fractura de nuestro escenario político actual. El convencional eje ideológico “izquierda-derecha” es ya insuficiente para explicar las pulsiones sociales que sacuden el mercado electoral español, a favor de la ecuación transversal “nuevo-viejo” que amenaza con llevarse por delante a los partidos tradicionales (PP y PSOE) en unas hipotéticas elecciones generales que se celebraran en la actualidad. Un factor de cambio perfectamente entendido, y muy bien manejado en términos estratégicos, por dos fuerzas políticas emergentes, claramente al alza en sus expectativas electorales, Podemos y Ciudadanos, cada una desde una óptica distinta, pero con un denominador común: “ni rojos ni azules; la casta frente a lo nuevo”.

Para entender las causas de la fractura del actual escenario político-electoral hay que echar la vista atrás. Pero no a las elecciones europeas celebradas el año pasado, como muchos analistas.

A nuestro juicio, el llamado Movimiento 15-M fue un toque de atención por la izquierda ante la falta de respuesta de los actores que tradicionalmente habían vertebrado el sentimiento progresista en nuestro país, si bien el verdadero punto de inflexión se produce con la paradoja de las elecciones generales de 2011, porque es a consecuencia de estos comicios cuando se quiebra la confianza del electorado de centro amplio, que, según se ha ido confirmado a lo largo de todos estos años de democracia, es el que “sostiene” el sistema por no ser un voto ‘cautivo’, sino fluctuante en sus apoyos políticos en función del contexto social y político de cada momento.

Así, desde nuestra perspectiva, en el triunfo tan abultado del Partido Popular el 20 de noviembre de 2011 (con casi el 45% de los votos y 186 de los 350 escaños en juego, una amplia mayoría absoluta en el Congreso) ha sido  su penitencia, porque ha circunscrito el retroceso en las encuestas electorales al ‘clima’ político-social derivado de sus primeros años -y “difíciles decisiones”- en el gobierno, y no al progresivo alejamiento de sus votantes en los últimos 12 años (desde la parte final de la Legislatura del segundo gobierno de José María Aznar).

El PP interpretó el resultado de las últimas elecciones  generales -el mejor desde su nacimiento, con casi once millones de votos- en términos de respaldo y no como una necesidad de cambio en clave económica, alejando toda autocrítica a su desempeño como oposición, pese a tener la peor valoración histórica en los barómetros del CIS.

De esta forma, el principal error del PP, como también ha sido el del PSOE, es atribuir y reducir las causas de su deterioro electoral en la presente legislatura a la crisis económica, aún a sabiendas de que había demandas sociales latentes desde mucho antes, bajo la hipótesis (y la certidumbre) de que la recuperación económica devolvería las aguas a su cauce habitual (esto era, en el caso del PP, la existencia de una base electoral muy firme, con tasas de fidelidad de voto cercanas o superiores al 80%, como las atesoradas a lo largo de la anterior legislatura 2008-2011).

 

Puedes seguir leyendo el artículo completo en la Revista Investigación y Marketing. Nº 126 – marzo 2015.

 

R. Ruiz Ausejo – Infocom